Elegir la potencia de un cargador DC por la cifra más alta del catálogo es el error más habitual y también el más caro, porque la potencia se paga tanto en el equipo como en la instalación eléctrica que hay detrás.
La pregunta correcta no es «cuál es el cargador más rápido» sino «cuánto tiempo tengo realmente disponible para cargar cada vehículo entre turnos». Si tus vehículos tienen una ventana de dos o tres horas entre rutas, una potencia de 40-60 kW suele ser suficiente y notablemente más económica de instalar.
Si en cambio tu operación necesita rotación en menos de una hora —por ejemplo, taxis o vehículos de última milla en zonas urbanas de alta demanda—, ahí sí se justifica dar el salto a 90 o 120 kW, asumiendo que la instalación eléctrica del emplazamiento pueda soportarlo.
Una práctica habitual en proyectos de flota es combinar potencias: cargadores de menor potencia para la carga nocturna o de base, y uno o dos cargadores de alta potencia reservados para picos operativos o imprevistos. Esto optimiza tanto la inversión como la potencia eléctrica contratada del emplazamiento.