Electrificar una flota de reparto no empieza por comprar furgonetas eléctricas, empieza por entender el patrón de uso real: cuántos kilómetros hace cada vehículo al día, cuántas horas está parado, y en qué franja horaria se puede cargar sin interferir con la operación.

El segundo paso es dimensionar la infraestructura de carga en función de esos datos, no al revés. Una flota que rota vehículos cada pocas horas necesita carga rápida DC de alta potencia; una flota que aparca de noche puede resolver buena parte de la carga con AC y reservar la carga DC para picos de operación o rutas largas.

El tercer paso, muchas veces olvidado, es la potencia eléctrica contratada del depósito o nave. Instalar varios cargadores DC de alta potencia sin haber revisado antes la potencia disponible en el punto de suministro es el error más caro y más frecuente en estos proyectos.

Por último, la gestión de acceso y de consumo por vehículo o por conductor permite auditar el uso real de la energía y detectar ineficiencias operativas, algo que en flotas de combustión era mucho más difícil de medir con precisión.

Un proyecto de este tipo se planifica normalmente en fases: piloto con unos pocos vehículos, medición real de consumo y tiempos, y despliegue escalado del resto de la flota una vez validados los números.