Cuando una empresa empieza a electrificar su flota, la primera pregunta suele ser por qué un cargador cuesta e instala de forma tan distinta a otro si, en teoría, ambos «cargan un coche eléctrico». La respuesta está en dónde ocurre la conversión de energía.
En la carga AC, la corriente alterna de la red llega hasta el propio vehículo, y es el cargador interno del coche (el OBC, On Board Charger) el que la transforma en corriente continua antes de entregarla a la batería. Ese OBC tiene una potencia limitada, normalmente entre 3,7 y 22 kW, así que por mucho que el punto de recarga exterior pueda entregar más, el cuello de botella está dentro del propio vehículo.
La carga DC elimina ese paso: el cargador convierte la energía fuera del vehículo y la entrega ya en corriente continua, directamente a la batería, comunicándose en tiempo real con el sistema de gestión de batería (BMS) para ajustar la potencia exacta que puede aceptar en cada momento.
Para una flota esto no es un matiz técnico, es la diferencia entre un vehículo parado ocho horas o parado cuarenta y cinco minutos. Si tu operación depende de rotación de vehículos —reparto, taxis, autobuses, maquinaria de flota—, la carga DC no es una mejora, es una condición de viabilidad del negocio.